viernes, 17 de agosto de 2012

Sombras Malditas - El Paraíso Prohibido (IV)

CAPITULO 4

AERYN

Mirando las aguas feroces, una vez más, las inquietas ondas que rompen contra los acantilados, tratando de trepar hasta las ruinas del viejo castillo, veo sobre la gris y revuelta superficie ese lugar del que hablan las leyendas de mi pueblo, Tir na nÓg, la Tierra de la Eterna Juventud. ¿Cómo no soñar con ese lugar del que parezco provenir? ¿Cómo no imaginar una tierra que me acogería sin odio, sin miedo, sin preguntas que no tienen respuesta? La tarde está cayendo; las sombras anaranjadas del atardecer comienzan a cubrir como un manto todo lo que no se oculta, lo que no teme asomar a la luz de la luna. Sobre los caídos sillares comienzan a vislumbrarse las siluetas de la manada de los perdidos, los lobos que acompañan a la Sombra y que aúllan al frío de la noche con lúgubres augurios. Shadow sujeta mi manga entre sus dientes, tirando suave pero firmemente, queriendo alejarme de mi atalaya y buscar el refugio de la cueva que compartimos con la manada.

En dirección opuesta, saliendo del pueblo en silenciosa y mísera procesión, el sacerdote, seguido de cuatro hombres que portan un sencillo ataúd de madera tosca, y un par de mujeres, nada más. A eso se reduce una vida entre sus gentes, al miedo y al rechazo que conduce a mi dulce Moira a su última morada. No se me permitiría acompañarla, porque todo lo sagrado me ha sido negado desde hace mucho, mucho tiempo. No importa; me he despedido ya de ella y más tarde, cuando la dejen sola por fin, cuando ya nadie pise el suelo que la cubre, visitaré su tumba y plantaré brezo silvestre y nomeolvides para que perfumen las tardes dulces de verano y le traigan el aroma del mar en sus pétalos. Me pongo de pie lentamente y me dirijo al cementerio con paso cansado. Alzo mi capucha roja, que se ha convertido ya en un símbolo de rebeldía que llevo con orgullo, en mi anuncio de que no me ocultaré más ante ellos. No sé si vendrán a por mí, pero sí sé que me han culpado de un crimen que no he cometido... los oídos de Shadow llegan lejos y se adentran en cada casa del pueblo. Sería un inútil ejercicio de ingenuidad el intentar convencerles de lo que he visto, si incluso a mí misma me suena a cuento de viejas, a locura insana, a oscuro pretexto del mal encarnado jugando a vida y muerte entre nosotros... un ser oscuro, una sombra que alzó el vuelo antes de hacerse visible, un rastro de sangre y dolor, una negra prueba entre mis dedos que se alimenta de... niego lentamente, como si alguien pudiese escuchar mis pensamientos, acaricio el lomo de Shadow y me arrebujo en mi manto. Los aldeanos regresan ya por el sendero, aliviados, sin duda, por haber dejado atrás lo inexplicable, lo que altera sus rutinas y sus cómodas percepciones veladas de la realidad. No hay necesidad de apurar el paso; Moira me esperará lo que haga falta, como siempre lo ha hecho, y no hay nadie más...


TARANIS

El halo de poder que me rodea y envuelve nacido de la nueva vida robada y la nueva sangre que corre por este cuerpo inmortal, me envuelven, lo hacen sombra entre las brumas que recorren y acarician las frías y olvidadas lápidas del abandonado cementerio que muere devorado por el follaje salvaje de la roca, la fortaleza, que es mi hogar.

Descansa mi rostro sobre el gélido hombro de un ángel de ajado mármol que vela la eternidad de un féretro oculto en el corazón de la tierra cuyo descanso observa, inclinado su rostro, muerta su mirada. Mas la mía se yergue, orgullosa, consciente de mi actual fuerza, de mi latente vida, y mira más allá del cementerio, más allá del peñón que es mi refugio, mira hacia los bosques, en cuyo límite no hay muertos olvidados, sino el crepitar de un ser vivo, completamente vivo, desafiante… ELLA.

Pero un susurro arrastrado por la caricia del viento quiebra el absoluto silencio de nuestro mutuo reto, de la batalla de miradas encendidas que nada ven más allá de una sombría capucha escarlata, de la niebla que repta entre las tumbas… un susurro de acusación y condena coreado por decenas de labios inmersos en la oscuridad del bosque, comitiva funeraria que acompaña al olvido, al ostracismo del ayer envuelto en sudario de negación, a quien apenas unas horas atrás ha pasado a formar parte de mí, Moira, vida hecha muerte que renueva mi existencia.

Pero no sólo parezco ser yo capaz de percibir sus palabras, sus miedos, sus críticas despiadadas hacia quien toman por verdugo, proferidas a cientos de metros de distancia… La acusada, la prematura y erróneamente condenada parece percibir igualmente su presencia, su actitud… imposible para un mero humano, absolutamente imposible, mas allí está ella, girando su rostro transfigurado en máscara de ira hacia las tinieblas del corazón de los bosques, hacia donde, en la distancia, está la aldea, hacia aquellos que caminan sosteniendo el frío cuerpo de su amiga y lo conducen, indiferentes, al definitivo adiós.

Ella, acusada por quienes se suponen sus iguales, viviendo en un extraño destierro… ¿autoimpuesto? ¿o una más de las incoherentes humanas sentencias?
Y son ahora los hijos de la noche sus compañeros, los lobos, muchos de los que cada noche me acompañan en mi visita a un mundo prohibido, quienes instan sus pasos a abandonar los acantilados, arrastran su ira frustrada lejos de las voces, lejos de su modesto hogar en el corazón del impenetrable follaje, lejos del mundo, lejos de una humanidad a la que parece no pertenecer, a la que parece renunciar y camina, camina más allá de mi vista.

El misterio la envuelve, los únicos que toleran mi existencia la acompañan y mi energía renovada, mi insaciable curiosidad en un mundo de hastío y nula sorpresa me arrastran, me empujan, me fuerzan a seguirla, a averiguar dónde la dirigen sus pasos errantes guiados por los lobos. Se despliegan las alas de negrura a mi espalda alzando el vuelo, acariciando en su nacimiento aquellas inertes, de mármol, del ángel que acompañaba en el campo santo, dotándole por un instante de un espejismo de vida en su moribunda decadencia…

Me mantengo, en mi vuelo, oculto entre las brumas y las susurrantes copas de unos árboles que danzan al ritmo marcado por la brisa del mar embravecido a sus pies. Pero no los pierdo de vista, siguen mis ojos el fluir de esa gota de sangre, ese atuendo de vergüenza surcando las venas de los acantilados, inmersa en un torrente de dulce salvajismo, cálida compañía de unos lobos, guía y consuelo del condenado.

Al cabo de unos minutos suspenden su andadura. Todas las criaturas de la noche se detienen en formal pasillo a cada lado de un abandonado sendero que conduce a una formación rocosa, semioculta, cediendo, reverentes, el paso a la dama y aquel que siempre le acompaña, el lobo de mis sueños, el ser de sabia mirada que, guardián pegado a sus pasos la conduce al interior de lo que, presupongo, la guarida de una manada que en este amanecer de muerte, parece abrir sus brazos a un nuevo miembro.

Observo la ceremonia con ávida y sorprendida mirada, maravillado por una escena que en siglos de mortal soledad hastiado por una mundana rutina, jamás hubiera esperado. Bestias y humanos compartiendo morada, compartiendo reverencia y respeto… inconcebible.

Pasan las horas, viajan confusos pensamientos y elucubraciones por mi mente, fijos mis ojos en la roca donde se ocultan, atentos mis sentidos a cada movimiento, cada sonido hasta el instante mismo donde no puedo escuchar nada más allá del suave ulular de unas respiraciones en sosiego y abandono, el sonido de la paz, del sueño más allá de la realidad. Es mi momento, la curiosidad del hombre gana la batalla a la cautela del ángel y resuena en mi interior la malvada sonrisa del depredador mientras desciendo, en absoluto silencio y sigilo, sobre la roca que ya…ya no los protege.

Cautos son mis pasos penetrando en el corazón de la roca, hogar, refugio y escondite de la manada, y en este día de muerte y destrucción también el suyo, el de la dama misteriosa sin miedo a lo desconocido, a las bestias, a aquellos que, como yo, podrían poner fin a su atormentada existencia sin esfuerzo ni remordimiento alguno.

Silencio absoluto, sólo el crepitar de las olas, el suspiro del viento filtrándose por las húmedas grietas que derraman lágrimas saladas presurosas de huir y regresar al océano al que pertenecen, nada más, ni un sonido, ni el más mínimo ruido que delate a quienes se ocultan en las tinieblas más absolutas del corazón de la tierra. Pero están ahí, sé que lo están.


Acompaso mi caminar al eco del mar, de las gotas que se precipitan del techo, al ritmo de las respiraciones calmadas y perdidas en el sueño que siento más y más cerca. El ceño fruncido en absoluta concentración, desplegados los sentidos al máximo, escuchando, esforzando mis ojos sobrenaturales dando vida y dibujando lo que la oscuridad esconde, camino, camino sorteando las presencias yacentes a mis pies, mis amigos, los hijos de la noche que ahora duermen plácidamente ajenos a mi presencia, camino, camino hacia ella .

Las líneas del agotamiento, del dolor sufrido, van desdibujándose en su rostro mientras la observo yacer, perderse más y más profundamente en el onírico mundo de los sueños. Por vez primera, aún entre las sombras que crean tinieblas en cada arista de su piel, puedo observar su rostro de una manera cercana, sin su eterna capucha, sólo enmarcado por un océano embravecido de cabellos que son su almohada y su yelmo sobre el lecho de fría roca.

Frágil, en su minúscula y quebradiza complexión, abrazada a sí misma bajo el sudario escarlata que siempre le acompaña. Dulce e inocente la máscara de su rostro, demasiado joven, demasiado pura para la fortaleza que he podido comprobar se esconde en su interior.

Flexiono mis rodillas, desciendo, como el ave ansiosa sobre su presa, curioso, divertido incluso, a la par que fascinado por cómo un alma que se adivina poderosa y se muestra amenazante puede ocultarse en un templo físico tan insignificante, tan pequeño y perecedero... sonrío, sonrío ante el desafío de la que no es más que una niña salvaje, una cría más de los lobos que duermen ajenos a toda presencia a nuestro alrededor.

Mi hambre de vida ya saciada por la reciente muerte de Moira me susurra desde los rincones más profundos e inexplorados de un alma que me es tan propia como ajena... seduce mi lujuria de sangre con promesas de paz, sin dolor, sin la mirada acechante oculta tras la capa roja que ronda los acantilados, me insta a tomarla, hacer de su sueño noche eterna y regalarle el fin a su sufrimiento, un fin que a mí me está vetado pero que puedo hacer realidad para su triste existencia...

Se alza mi brazo con propia voluntad, ajeno a todo pensamiento... toman mis dedos un mechón de sus cabellos, juegan con él, mientras lentamente pierde su consistencia y se precipita transmutado en polvo... Se torna mi mano puño, cerrada con la fuerza de la rabia de, una vez más, comprobar lo prohibido del tacto, la evidencia de la destrucción, la renovación de la nada como único destino y única compañía. Mas la bestia clama, el deseo grita y el dolor susurra, corre por mi sangre hasta hacer su fuerza superior a mi decisión extendiendo de nuevo mis garras, descendiendo peligrosamente sobre la paz de su rostro...

Apenas unos milímetros separan su cálida piel de mi palma ahora abierta, viajando sobre su sonrosada y calma mejilla en una caricia no entregada, más soñada que realizada, que no pueda dañarla allá donde sus sueños la conducen ni corromper el cuerpo abandonado a este lado de la realidad. Corren los segundos, tiempo robado al tiempo en el juego de lo prohibido, de lo maldito. Mas no es arena lo cae de este reloj de condena, sino dos lágrimas, dos lágrimas de sangre que se precipitan de sus párpados cerrados surcando con el fuego de la verdad su rostro, ardiendo bajo mis dedos, muriendo lentamente su alma con mi mera cercanía...

Mi cuerpo se estremece retirando presuroso el brazo, mas aún sin apartarme de ella, arrodillado, doliente y rabioso. Apenas una sombra rojiza palpita sobre la yema de mis dedos, apenas si han probado su sangre y ya siento sobre ellos un poder desconocido, inesperado...

Un golpe en mi hombro me devuelve a la realidad del momento, al ahora, abandonando el enigma, la sorpresa y encontrando a mi regreso, la fría mirada de un lobo, totalmente despierto observándome a muy estrecha distancia, interrogándome, sopesando aún en silencio la aceptación del intruso.

Abro mis brazos y el animal camina lentamente hacia mí, el reconocimiento es mútuo, es uno de mis compañeros en mis nocturnas batidas por los bosques... camina, y sella su condena. Mis brazos, temblorosos aún se cierran sobre su pelaje en el instante mismo en que mi frente reposa sobre su cálido morro en mortal saludo, mortal abrazo. Siento la humedad de su lengua regalando la ansiada bienvenida y aceptación en mi mejilla, escucho su último aliento, vibro recibiendo su vida en mí, los dientes apretados, los párpados cerrados, soy rabia, soy violencia, soy muerte, soy el condenado.

Libero al animal, ya presa del silencio eterno, de mi abrazo, depositando su cuerpo inerte junto a la joven, junto a las lágrimas de sangre prueba de la maldición que me une y aparta de ella y su misterio y camino, camino de nuevo hacia el exterior...

Me persigue, me persigue el depredador que no es otro que yo mismo, grita desde lo más profundo de mis entrañas instándome a detener mi andadura, regresar y terminar con todas y cada una de las vidas ocultas en la cueva, alimentarme de ellas, alimentar mi eterna condena y desterrar el dolor dando la bienvenida a la fuerza...pero no, no puedo ¿no puedo? ¿o símplemente ahora no quiero? ¿tan cruel sería su asesinato o acaso no lo es más el terror de la evidencia de mi visita y no acabar con unas vidas que sé que en realidad no significan... nada?.

Grito, grito con todas mis fuerzas en el instante mismo en que reencuentro la luz solar, grito, grito mientras me elevo sobre las olas, lejos...

AERYN

Ni siquiera el refugio del sueño me guarda ya de la oscuridad y la muerte. Ni el más feroz de los agotamientos, ni un alma cansada de recorrer sola los caminos de una vida que no he pedido, nada, nada consigue alejar de mi mente la oscura sombra que acecha tras cada pensamiento, tras cada latido de mi corazón doliente.

He soñado con él; le he puesto un rostro, una mirada negra como la muerte, un corazón de piedra como el de los ángeles tallados en la roca y un origen maligno que explica su crueldad, pero aún en mis sueños sigue venciendo, continúa arrastrándome a su guarida, al agujero maldito que le esconde de nuestra vista pero que no sirve para alejarle de nosotros. Me sé inmersa en una lúgubre pesadilla cuyo protagonista me espía desde las sombras que le rodean como un manto, pero no puedo despertar por más que lo intento, y me agito, inquieta y asustada, mientras mis manos se enredan en puñados de tela, roja como la sangre que él ha vertido en el pasado, como la sangre que ansía verter sobre mi piel pálida y fría. Soy consciente de mi fragilidad, de la vana futilidad de mis intentos de autodefensa; duermo y velo, en vigilia tensa, en esta cueva que me ha acogido pero a la que no pertenezco. El calor de los lobos ya no aleja el frío mortal que me atenaza mientras sueño... le veo, le siento, puedo olerle y estoy inmóvil, atada por invisibles sujecciones que me obligan a permanecer quieta como una virgen en un satánico sacrificio, como la carne que ha de abrirse en el altar sacrílego de un santuario maldito. Soy su prisionera y él lo sabe; soy el juguete que disipa su hastío en una vida que no se somete a norma alguna ni a humanas leyes. Es el monstruo, el ser oscuro que no se nombra por temor a invocarle. Los fuegos del infierno le conocen y le temen, porque su sombra apaga la vida como la más letal de las dagas. Siento su calor, la cercanía de la muerte encarnada, la ligerísima brisa de unas alas que, en mi pesadilla, se tornan más y más negras al bañarse en mi sangre. Su tacto quema, aunque no me ha tocado; su olor abruma, aunque mi pecho se congela en su presencia y no puedo respirar en esta caverna que es mi refugio y mi cárcel. Siento un rastro de fuego sobre mi rostro, el pasear de una llama sobre mi piel, que arranca lágrimas de dolor y miedo, y la sensación de que algo en mi interior se alza cortando y quemando, abriéndome en dos y trayendo a la luz algo que no comprendo, algo que me asusta más que este ser maligno y que mora en mi interior desde el principio de los tiempos. Maldigo una vez más mi cobardía, el pánico que me atenaza y me convierte en una desmadejada marioneta en sus manos. Y de repente el frío; de pronto el aire que penetra a bocanadas salvajes en mi cuerpo roto y vencido. Me incorporo gritando, sollozando y gimiendo entre capas de tela roja que me envuelven como un sudario. A mis pies, un lobo muerto, uno que no conozco, que nunca regresará a su manada y al que su compañera buscará inútilmente... otra muerte sin sentido, otro ser que llorará la pérdida y la prueba de que no somos más que sombras sin sustancia que su hoguera proyecta en las paredes de esta existencia. El sueño no fue tal... su presencia en esta cueva ha sido tan real como todo lo que ha sucedido desde su llegada al viejo castillo. Ha venido a buscarme, a jugar conmigo, a reírse de mi debilidad y de mis pueriles intentos de esconderme de él. La muerte del animal ha sido sólo un aviso, una nota escrita con sangre, una sonrisa cruel y taimada en su rostro dándome a conocer su poder. Ni un solo lobo le ha presentido, ni uno le ha oído llegar ni le ha visto marcharse. Nada puedo contra su poder; no soy nada...nada.

Estoy tan cansada que apenas puedo ponerme en pie, como si todo mi cuerpo hubiese sido destrozado y recompuesto en una sola noche. La sangre circula por mis venas como un río de lava, puedo sentir su rugido abriéndose paso en mis arterias, su calor inundando cada uno de mis órganos y el crepitar de miles de pequeñas chispas que brotan de mi piel. Quizás esté enferma, quizás los hados sean misericordiosos y pongan fin a mi existencia, destrozando este cuerpo incapaz de envejecer. Pero mis dedos descubren el sangriento rastro que han dejado mis lágrimas y comprendo que no habrá un fin para esta angustia. Es lo que su presencia provoca en mí, estoy segura, aunque no podría decir de dónde procede esta certeza. Es el mal llamando a una parte de mi alma a la superficie. Quizás condenándome a ser como él, transformándome en un demonio más que acabará caminando por estos senderos que un día fueron mi hogar.

No... no lo permitiré, no moriré para ser una sombra, no me moveré en la noche y en la muerte desatando el mal ni seré el animalillo asustado que huye del cazador. No puedo esconderme y ya no me quedan lágrimas; no hay súplica que elevar a los cielos ni clemencia que rogar al asesino.

Mis pies se deslizan lentamente por el camino que conduce a las ruinas, consciente de que quizás sea este mi último viaje, pero no puedo seguir adelante con esta existencia vacía e incierta, sin respuestas, sin sentido, sin un final previsible por más que lo ansíe. Mil veces intenté alejarme de estos bosques y mil veces el camino me trajo de vuelta, como si estuviese atada a estas piedras, a este mar revuelto que amenaza envolverme en sus olas y devolverme a la misma playa que me vio marchar. Un pensamiento se va asentando en mi mente mientras asciendo con lentitud hasta la vieja puerta, apenas sostenida por una oxidada bisagra, y el dintel que amenaza desplomarse sobre cualquiera que ose atravesarla: Quizás este sea mi destino, la causa de ser distinta, el motivo por el cual no he podido morir, como la ley natural exige a todas las criaturas de Dios. Quizás este demonio sea mi verdugo y mi final, la respuesta a la pregunta que no he formulado y el instrumento que pondrá fin a mi tortura.

Me detengo frente a la oscura oquedad que un día fue acceso al patio interior del castillo. Los sillares caídos parecen formar una escalera de musgo y piedra que conduce al vacío, y me abro camino esquivándolos con la familiaridad de quien los ha pisado cientos de veces, paseando entre ellos en un tiempo que me parece ya demasiado lejano. El brezo silvestre y la enredaderas florecen en las grietas creando un escenario apacible aún en las sombras de la noche, dando una falsa impresión de paz y serenidad bajo el cielo despejado y cuajado de estrellas. Puedo sentir la energía oscura que lo envuelve todo como la misma niebla, el pulso de una fuerza que no pertenece a este mundo. Algo me detiene, una invisible barrera que eriza mi piel y deja en mi nuca la sensación de que alguien camina sobre mi tumba. El pánico se apodera de mí y la parte racional que un día guió mi mente me pide que huya, que escape mientras aún puedo hacerlo, pero ya he dejado de escuchar. Apoyada en la vieja pared, buscando apoyo para no desmoronarme, llamo al maldito, al oscuro ser que puebla mis pesadillas.

- ¡Déjate ver, cobarde! Muestra tu rostro, ¿O acaso me tienes miedo y sólo puedes buscarme amparado en las sombras?

Mi voz suena firme, contra todo pronóstico, y comprendo que, cuando pierdes el miedo a morir, nada ni nadie tiene suficiente poder para detenerte.

- ¡Sal de una vez, asesino. Ven a buscar lo que quieres!

Si mi voz no puede llamarle, sin duda mi sangre lo hará. Extraigo la pequeña daga de mi cinturón y abro en mi palma un surco profundo que llora un sendero sangriento sobre los restos del enlosado. No se escucha ruido alguno, ni pasos sobre los escalones que descienden a las entrañas del castillo. No hay sonidos de animales cazando en la noche ni el chillido asustado de sus presas. La luna pierde su brillo de repente oscureciendo el viejo patio y elevo mis ojos al cielo que, en apenas unos segundos, se ha cubierto de grises nubes, tan densas que atrapan hasta el último resquicio de luz lunar. Un rayo atraviesa repentinamente el firmamento, partiéndolo en dos, y luego otro, y otro más. La tormenta más feroz rodea el castillo dejando caer latigazos de luz y sonido que resuenan entre las paredes vencidas por el paso del tiempo. Los relámpagos se suceden con tal rapidez que parecen iluminar las ruinas como una inmensa hoguera. El viento ha comenzado a soplar, huracanado y violento, como si los cielos se hubiesen abierto sobre este lugar y soltasen toda su furia para castigar a las piedras. Mi capa aletea envolviéndome y golpeando mi piel con sus pliegues. La capucha invade mi rostro impidiéndome ver, por más que mis manos intenten abrir un sendero hasta mis ojos a través de la tela. Un instante y todo- los rayos, el viento, el aire mismo- parece detenerse. Un crujido lento y ominoso rasga la quietud del momento. La vieja madera cede con un gemido y se dobla sobre el óxido de sus bisagras; la puerta se está abriendo...




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