miércoles, 25 de abril de 2012

Evan (XVI)


- CAPITULO 16 -

EVAN


Mi vista recorre fugaz las pequeñas antorchas de irreal iluminación celeste, que iluminan cada pocos metros el tenebroso corredor de roca que se extiende ante mí. Siento en mi propio cuerpo indignas dentelladas sobre el cuerpo de Jane y sus doloridos jadeos resquebrajando mi temple.

Detengo bruscamente mi paso frente una enorme puerta de roble macizo, madera noble conteniendo oscuras advertencias, talladas en forma de perfectas filigranas, protegiendo un depravado santuario ceremonial.

Una granada de mano destroza la reliquia exhibiendo su grotesco regalo. Idéntico en esencia al que yo conocí, el escabroso templo me devuelve por unos instantes a una época cruel, cuando yo no era mas que un crío luchando por su humanidad, recuerdos que incluso a día de hoy me abruman, desecharlos no era la solución, siguen escondidos en mi memoria y continúan hiriendo tanto como antaño.

El aire se me hace irrespirable, apesta a muerte y lacerante desesperación, no es así como hubiera soñado reencontrarla. Mi amor, desnuda y herida, expuesta ante la congregación que la mira con ojos libidinosos y hambrientos. Su mirada esmeralda se refugia anhelante en la mía y un eléctrico hormigueo de culpabilidad recorre mi espinazo.

Invadido por la furia, rujo colérico propagando tal magnetismo que resquebraja las sólidas paredes de piedra y funde los malévolos cirios que la custodian.
Devastador huracán, proclamando su veredicto, pues los que han osado perpetrar sus ambiciones al margen de mi persona, sufrirán en sus carnes su prepotente osadía. Si he deseado una mortalidad que no me pertenece por destino, ahora me abruma el férreo convencimiento de que perduraré en esta tierra con el único objetivo de acabar con cada uno de los que han hecho de mi vida un vil juego de rol.

Los sacerdotes se esfuman cual cobardes sanguijuelas, sorprendidos y amedrentados. Siseando entre recíprocas miradas de irritación. Algunos emprenden el vuelo, otros desaparecen sin más.

-¡Corred, corred malditos cuanto podáis, porque no habrá sol que detenga mi cacería, ni piedad que doblegue mi voluntad!- Desafío a viva voz. Por Mike, por Jane, por mí… juro silenciosamente.

Briana me provoca furiosa abalanzándose sobre ella y sintiéndola morir entre sus brazos.

-Mi traidora hermana- Murmuro entre siseos.

Libero definitivamente mi esencia vampírica, permitiendo que impregne cada célula de mi ser y conduciendo mis poderes al límite.
Perforo su pútrida mente y se doblega de dolor soltando a Jane, inconsciente y con la sangre resbalando lentamente por su clavícula.
-¡¿Esto era lo que tanto codiciabas?!- Voceo a pleno pulmón mientras me acerco lentamente hacia ella extendiendo los brazos e intensificando mis dolorosos asaltos a su cerebro.

Mi tortura la postra de rodillas, y con dificultad, yergue su cabeza encañonándome fijamente con las pupilas en llamas. Agonizante intento de contrarrestar mi ataque, mas su dinamita choca contra un sólido muro de firme convicción.

Mi mano se cierra alrededor de su garganta y aprieto muy lentamente. Un par de lágrimas se escurren por sus mejillas mientras un hipócrita ruego se escapa entrecortado entre ahogados gemidos.

Cual ángel y demonio enzarzados en una lucha desigual, mi compasión, se refugia en su pálida piel y sus mechones dorados, que una vez, hace mucho tiempo acuné. Sentimiento que repele mi incrédula naturaleza vampírica, que mantiene su inflexible carácter alrededor de mis nudillos.

-Lo siento Briana, lo siento tanto- susurro vencido.

Acaricio sus mejillas y las comisuras de sus labios añorando una sonrisa inocente que jamás regresará. Su preciada daga ceremonial brilla seductora a sus pies, y la alcanzo, empuñándola desolado en el centro de su corazón.
Una llama surge de sus entrañas expandiéndose por todo su cuerpo entre miradas de incredulidad y pesar.

Murmura un “te quiero” cuando sus dedos incandescentes rozan mi cara una última vez.

Mis venas bombean frenéticas cuando me arrodillo ante Jane suplicando, que desfallecida entre mis brazos, me responde con un débil tintineo en su mancillada muñeca. Un alarido impotente retumba entre las columnas, mudas testigos de mi derrota.

Secciono las venas de mi antebrazo, maldiciendo al universo por mi encrucijada. Mi sangre cubre la violácea textura de sus labios tiñéndolos de oscuro carmesí. Las gotas se deslizan apresuradas hacia su garganta y ésta empieza a tragar con debilidad.

- Bebe mi dulce niña, bebe y regresa a mi lado- Ronroneo dulcemente sobre sus rizos castaños.


-Sikeray-

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