jueves, 2 de diciembre de 2010

Mi Refugio (Le Refuge)

Valoración: 8/10

    Le refuge
    Nueve meses de ausencia

    Aunque la crítica especializada se ha empeñado en bautizar al director de esta película una y otra vez con el sobrenombre del “Almodóvar francés”, lo cierto es que el cine de François Ozon no debe nada a nadie. Ciertamente, el realizador galo ha sabido evolucionar desde la sátira surrealista y la homosexualidad latente que impregnaban sus primeros trabajos (películas como Les amants criminels o Gotas de agua sobre piedras calientes) hasta un estilo mucho más reflexivo, sereno y asentado. En éste sentido Le refuge es una nueva chef-d'œuvre de un autor maduro al que desgraciadamente no se ha dado demasiada cobertura en nuestro país.

    Éste film rodado a medio camino entre París y el País Vasco toma su nombre de una casa ubicada no lejos de la frontera, aunque el director usa el término con un doble sentido. En efecto, Ozon concibe su refugio como una especie de limbo personal, un lugar en el que uno se purifica, descubre y asume su sexualidad, la maternidad o hasta la muerte del ser querido. Después de estremecernos con una escena de yonkis e inyecciones en el cuello digna del mejor Danny Boyle, la historia abandona pronto los grises interiores de la capital y su sentida aristocracia para asentarse en la apacible costa del sur de Francia. Allí esconde Mousse su embarazo, fruto del novio al que acaba de perder a causa de una sobredosis de heroína a la que ella sobrevivió de milagro. La llegada de Paul -el hermano homosexual del fallecido- al refugio sacará a relucir muchos sentimientos e inquietudes compartidas.

    La valía del director queda patente en todos esos pequeños detalles que desarrollan las relaciones entre los personajes de manera casi inconsciente, anticipando o dejando a la imaginación del espectador ciertos secretos pasados y acontecimientos futuros. Pero si algo hay que celebrar de Le refuge es un estudio de personajes magnífico, es decir, el modo en que los presenta, explora y hace evolucionar. El retrato de Mousse y Paul se aborda en todo momento con una sutilidad, naturalidad y sensibilidad excepcionales. La manera en la que el embarazo de la protagonista está tratado, con una extraña sensualidad más que sexualidad, es un claro ejemplo.

    Para ello Ozon se vale de una fantástica fotografía, íntima y realista, y deja que los actores hagan el resto. Al igual que las olas que invaden la sala de cine con su sonido, el espectador siente a los personajes muy cerca. Isabelle Carré -que tuvo que ajustar su embarazo real a las exigencias y plazos del rodaje- brilla con fuerza a través de una mujer herida en la flor de una vida que continúa creciendo imparable en su interior. Algo por detrás queda Louis-Ronan Choisy, un cantante reconvertido en actor (atentos a la escena del piano) que firma aquí su primera aparición en un largometraje de manera más que notable. Les acompaña de manera casi anecdótica Pierre Louis-Calixte como el amante de Paul.

    Solo una pega puede ponérsele a Le refuge y es que se trata de una radiografía tan obsesionada con el realismo de sus personajes que para muchos espectadores no habituados a éste tipo de propuestas resultará excesivamente fría por momentos. Ciertamente, esta es la típica película en apariencia sencilla pero profunda en sus reflexiones que va ganando puntos a medida que pasan los días desde su visionado, un buen ejemplo de un tipo de cine que en nuestro país difícilmente llegaría a buen puerto sin entrar en el terreno de lo burdo. En cualquier caso, el film de François Ozon es un hermoso retrato del amor más allá de la sexualidad y los convencionalismos, un drama mínimo e intimista cuya moraleja se intuye mucho antes de que acabe la película y Mousse huya en ese tren con destino a ningún sitio: Siempre podemos escondernos de los demás. De nosotros mismos, jamás.
Keichi

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