jueves, 25 de noviembre de 2010

El Baile de la Victoria

 Valoración: 6/10

    El baile de la victoria
    Como jinete sin cabeza


    Siete años después de El embrujo de Shangai Fernando Trueba vuelve a probar suerte en el campo de la ficción con una nueva adaptación cinematográfica de una novela. En esta ocasión se trata del libro del escritor chileno Antonio Skármeta galardonado con el premio Planeta en 2003. No cabe duda de que el director de Belle Epoque y La niña de tus ojos ha querido en todo momento trasladar a la gran pantalla la magia literaria de El baile de la victoria pero es una lástima que su esperado regreso cristalice una película indiscutiblemente fallida.

    La omnipresente figura de la cordillera de los Andes envuelve esta historia. Con la llegada de la democracia a Chile se decreta una amnistía general y muchos presos son excarcelados. Dos de los afortunados son el inofensivo Ángel y Nicolás Vergara Grey, un ladrón de guante blanco muy popular por sus hazañas delictivas. Arrojados a las calles de Santiago, Nicolás trata de recuperar una vida perdida junto a su mujer y su hijo mientras que Ángel vagabundea por la capital en busca de un gran golpe. Sus vidas cambiarán cuando el chico conozca a Victoria, una mendiga huérfana y muda que sobrevive encerrada en un silencioso baile sin futuro.

    No hace falta haber leído el texto de Antonio Skármeta para darse cuenta de que nos hallamos ante una adaptación que se adivina demasiado fiel. Trabajar con un guión que entremezcla diversas tramas dotadas de un halo de romanticismo y aventura es una empresa tremendamente ambiciosa y arriesgada que se ha cobrado su precio. Todo el guión y sus personajes son de lo más novelescos, un lirismo que no termina de cuajar demasiado con una cruda realidad de las calles más propia del cine negro que de un cuento de hadas. Esta suerte de realismo mágico tan característico de la literatura latinoamericana deriva necesariamente en el maniqueísmo que la crítica especializada ya reprochaba a la novela original.

    Como no podía ser de otro modo, la película está llena de excesos. Por citar alguno podríamos mencionar un flash back del protagonista merendándose una sandía a la luz de la luna, la conversación en off entre Nicolás y su mujer para simbolizar su ruptura definitiva o todas esas escenas en la que el caballo va de un lado para otro recorriendo más millas que el corcel de Gandalf. Para terminar de rematar la faena, El baile de la victoria es una película terriblemente arrítmica y errática. No es de recibo que la historia tarde tanto tiempo en arrancar para luego resolver toda la parte del robo en una rápida escena que a esas alturas no interesa demasiado. Aunque el film tiene muchas cosas que contar uno se queda con la sensación de que le sobran minutos.

    Evidentemente, las interpretaciones de los personajes también son excesivas y esto hace que sus historias no resulten creíbles. Que en una película de estas características el público no comprenda a los protagonistas o enfatice con ellos es un defecto gravísimo. Abel Ayala ofrece una interpretación caricaturesca tratando de dar vida sin demasiado carisma a un personaje que no termina de funcionar en su eterno optimismo y su ingenuidad canalla. Todo aquel que haya visto El polaquito sabe que el personaje de Ángel no hace justicia a sus dotes interpretativas. Algo parecido le sucede a Miranda Bodenhöfer, una actriz no profesional forzada al mutismo que Trueba encontró de casualidad en la escuela del Ballet Nacional de Santiago de Chile. Ricardo Darín, un actor que sale airoso de todo lo que le echen, es el único que se salva de la quema interpretando a un personaje que le viene como anillo al dedo. Ariadna Gil encabeza un reparto de secundarios a los que se debiera haber dado más importancia entre los que destacan Mario Guerra, la famosa coreógrafa y bailarina Marcia Haydée o el propio Skármeta en un breve papel como crítico de danza.

    Aunque los defectos de éste film son muchos, quizás haya que encontrar su origen en un único problema: El baile de la Victoria es un trabajo excesivamente apasionado, tan sobreactuado, con un romanticismo tan de teatrillo, que no llega. Haciendo balance, uno siente tener que redactar una crítica tan destructiva, porque a pesar de todos estos puntos negros tan palpables la película se deja ver con interés, arranca alguna sonrisa y no aburre demasiado. Al menos uno tiene la sensación de que Trueba es completamente sincero en sus buenas intenciones y simplemente se ha dejado subyugar por el espíritu de la novela hasta el punto de no saber controlar los sentimientos de una historia que le ha quedado demasiado grande. Con todo, una malvada voz interior me recuerda que quizás no haya nada peor que aprobar a una película por pena…
Keichi

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